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Frecuencias de Cambio: Sobre música, narrativas y por qué el artivismo importa

June 26, 2026

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Ana Laura Lozano

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Antes de que una sociedad cambie sus leyes, sus instituciones o sus políticas, suele cambiar las historias que cuenta sobre sí misma. Cambian las preguntas que considera legítimas, las voces que escucha, los futuros que es capaz de imaginar y las injusticias que deja de aceptar como inevitables. La música ha acompañado muchos de esos procesos. Ha dado lenguaje a experiencias compartidas, ha ayudado a construir identidad colectiva y ha circulado ideas allí donde otros discursos encuentran límites.

La música ha jugado un papel determinante en mi propia vida. En un entorno restrictivo, fue de las primeras cosas que me mostró que el mundo era más vasto, y que existían otras formas de entender la justicia, de usar la propia voz y de construir identidad. Con el tiempo entendí que esa experiencia no era excepcional. 

La música acompaña la vida humana de maneras que pocas otras formas de expresión logran, porque hay algo que ésta hace que ningún informe, discurso o campaña de comunicación consigue reproducir por completo: entra. Entra al cuerpo, a la memoria y a ese lugar donde las ideas dejan de ser abstractas para convertirse en algo que se siente, se recuerda y se comparte.

Este artículo explora algunas de las razones por las que la música ha sido una herramienta recurrente en los procesos de cambio social y por qué he buscado incorporarla a mi quehacer profesional, incluido el de Accountability Lab, donde forma parte de una apuesta por fortalecer la agencia y participación cívica, y construir futuros más habitables.

La música como hecho social

La música es ubicua. Está en el arrullo con que una madre calma a su hijo, en la oración colectiva, en el estadio, en la marcha, en la celda, en el velorio, en la celebración. El neurocientífico Daniel Levitin lo documenta con una lista que resulta casi cómica en su extensión, pero cuya conclusión es tan contundente como simple. La música está al centro de la vida cotidiana. 

El musicólogo Wilfried Raussert va más lejos y plantea que la música “crea, cambia y refleja lo social.” La música genera sociabilidades, anima comunidades imaginadas, participa en la formación de identidades. Viaja donde otras formas de comunicación no llegan, traspasa fronteras de clase, raza, género y edad, y lo hace con una velocidad y una penetración que tiene que ver con algo muy primario: apela a todos los sentidos a la vez, mezclando respuestas afectivas, cognitivas y cinestésicas. Antes de que el cerebro analice, el cuerpo ya respondió. Y hay una explicación para eso. 

Cuando escuchamos una historia, ya sea narrada, en forma de canción o de cualquier otra expresión artística, se activan en el cerebro las mismas zonas sensoriales y motoras que se usarían si estuviéramos experimentando la situación directamente, un fenómeno llamado acoplamiento neural. El cerebro simula la experiencia y produce una conexión inmediata con quien la expresa y con aquello que se expresa. 

La música, además, provoca liberación de dopamina y oxitocina, hormonas asociadas al bienestar, la confianza y la conexión social, lo que hace que su mensaje pueda cambiar conductas de una manera que la simple exposición a datos rara vez logra. Esto la hace, históricamente, un terreno en disputa. Los movimientos la usan y, no lo olvidemos, quienes ostentan el poder también.

Canciones que sonorizaron la historia (queriendo o sin querer)

No hace falta irse muy lejos ni muy atrás. “Blowin’ in the Wind” de Bob Dylan se convirtió en himno del movimiento por los derechos civiles sin que Dylan lo buscara. “We Shall Overcome”, derivada de un canto gospel, fue la banda sonora de la marcha de Martin Luther King en Washington en 1963, con 300,000 personas. “What’s Going On” de Marvin Gaye, grabada desde la depresión y sin pretensiones de manifiesto, se volvió una de las intervenciones culturales más significativas de su época en favor de la tolerancia. “Say It Loud, I’m Black and I’m Proud” de James Brown le costó parte de su público, pero le devolvió la dignidad a millones de personas que habían sido forzadas a silenciar su rabia.

En América Latina, la música de protesta tiene una larga y poderosísima historia. Violeta Parra y Silvio Rodríguez pusieron en palabras y melodías la aspiración a un mundo distinto desde Chile y Cuba. “El pueblo unido jamás será vencido”, compuesta por Sergio Ortega y popularizada por Quilapayún, se volvió estandarte de la resistencia chilena y de movimientos de izquierda en todo el continente. Mercedes Sosa y León Gieco retrataron el dolor de las dictaduras y pidieron por la paz. Más recientemente, “Latinoamérica” de Calle 13 y “Somos sur” de Ana Tijoux revitalizaron el orgullo latinoamericano abordando el neocolonialismo y la defensa de nuestros recursos naturales.

En México, los corridos de la Revolución fueron crónicas de rebelión en forma de canción. Cantautores como Óscar Chávez y Judith Reyes musicalizaron la indignación tras la masacre de Tlatelolco en 1968. Y en los últimos años, “Canción sin miedo” de Vivir Quintana, interpretada por más de cuarenta cantautoras en el Zócalo en febrero de 2020, se convirtió en un archivo vivo del dolor colectivo y de la determinación de no callarse. La pandemia paralizó el mundo, pero la canción siguió viajando, llegando a hogares, grupos de mujeres, orquestas e instituciones, y repitiéndose en otros idiomas y otras formas. Algo que apunta a lo que también nos mueve a nosotrxs, y es que la música opera en un registro donde el contexto importa tanto como el sonido.

Además de la protesta, lo que estas canciones tienen en común es que ninguna surgió de una estrategia de comunicación. Nacieron desde adentro de una experiencia colectiva, desde el cuerpo de alguien que vivía lo que cantaba, y por eso pudieron llegar a quienes reconocieron algo en esas palabras. La autenticidad es lo que permite que algo viaje. Ocurre en un contexto, está encarnada y atraviesa a las comunidades que la hacen circular. No nacen, pues, en el vacío. Y cuando se encuentran con una intención política y una estructura que las sostiene, pueden ir todavía más lejos.

Más allá de su valor artístico o de su papel en momentos concretos de movilización y resistencia, estas canciones también inciden en la redefinición de lo que una sociedad considera aceptable, posible o deseable. Contribuyen a desplazar los límites del sentido común, a nombrar experiencias que antes permanecían invisibles y a abrir espacio para otras formas de entender el mundo. Es decir, a cambiar narrativas. 

Sobre narrativas: un concepto que necesita recuperarse

En los espacios de sociedad civil, activismo y cambio social, hablar de cambio narrativo se ha vuelto casi inevitable. Y sí, trabajar por el cambio narrativo es crucial. Los cambios estructurales y sistémicos rara vez ocurren sin transformaciones previas en la manera en que las personas entienden el mundo, en lo que consideran aceptable, legítimo o posible. Las artes han desempeñado históricamente un papel importante en esos procesos. Por eso trabajamos bajo esa apuesta y por eso el cambio narrativo sigue siendo un eje central de nuestro trabajo. Pero vale la pena examinar el concepto con más detenimiento, porque ha comenzado a estirarse hasta perder precisión.

Cada vez se utiliza para describir casi cualquier cosa, desde una campaña de comunicación hasta un video viral, desde un ejercicio de storytelling hasta una estrategia de medios. Y cuando todo es cambio narrativo, nada lo es. Estamos a punto de vaciar el concepto de significado. Comunicar estratégicamente es importante, y el storytelling es una práctica valiosa, pero ninguno de los dos equivale, por sí solo, a cambiar narrativas. En todo caso, son tácticas que abonan al cambio narrativo. 

Las narrativas son estructuras profundas; cambiarlas suele tomar generaciones, esfuerzos concertados y sostenidos en el tiempo, y una presencia cultural que va mucho más allá de un mensaje bien construido. Las narrativas son los marcos a través de los cuales interpretamos la realidad sobre quiénes somos, qué está pasando, quién es responsable, qué es posible, qué merece llamarse justo. Son lo que le da coherencia al mundo que habitamos. Y como cualquier marco, pueden construirse de maneras que abren o cierran, que incluyen o excluyen, que movilizan o paralizan, que tienden puentes o polarizan.

Lo que consumimos importa porque lo que consumimos nos forma. Las narrativas moldean percepciones, dan forma a valores y actitudes, influyen en cómo pensamos y cómo nos comportamos como sociedad. No es fortuito que la industria del entretenimiento haya sido usada por décadas como instrumento propagandístico, pues quien controla las historias que circulan, influye en cómo las personas entienden el mundo.

Se trata, entonces, de un asunto de poder. Pero, ¿Quién tiene el poder de contar las historias que importan, en qué términos y desde dónde?

El cambio de narrativas es, por eso mismo, un terreno en el que vale la pena dar batalla. Corresponde ejercerlo también a quienes trabajamos por un mundo más justo, más seguro y más incluyente. Desde nuestra trinchera, eso significa apostarle a las narrativas que amplifican la dignidad, que humanizan a quienes han sido deshumanizados, que abren espacio para que más voces existan y sean escuchadas.

La trampa de instrumentalizar el arte

Aquí hay que hacer una pausa, porque este es quizás uno de los más delicados de todo el argumento.

Existe una tensión entre el arte como fin en sí mismo, con su valor intrínseco y su autonomía estética, y el arte como herramienta al servicio de una causa. Muchas personas en el mundo artístico desconfían profundamente de la segunda posibilidad y, de alguna manera, tienen razón. Cuando la expresión artística se convierte en propaganda política o se carga de mensajes bien intencionados pero estéticamente torpes, pierde lo que la hace potente. Vamos, nadie quiere un folletín en forma de canción.

Entonces no se trata de subordinar el arte a un mensaje. La apuesta tendría que estar en trabajar con artistas cuya práctica ya está atravesada por una visión del mundo, por una relación con sus comunidades, y por una postura ética y política. Lxs artivistas, en este sentido, son creadores para quienes el arte y la transformación social son indistinguibles desde el principio.

Rage Against the Machine hizo música que era, en sí misma, una forma de resistencia; o sea, no sólo escribieron canciones “sobre” la injusticia. “Canción sin miedo” de Vivir Quintana fue escrita desde adentro de un dolor colectivo que conocía íntimamente. De nuevo, la autenticidad es lo que permite que algo viaje, que algo se quede y que algo se transforme.

Nora Rahimian, activista y CEO de Culture Fix, lo articula bien desde su experiencia con la red de artistas que rodea a Voice2Rep, uno de los programas de Accountability Lab que trabaja con música y artivismo: los programas más poderosos son los que logran que “los valores de impacto y justicia social estén integrados en el tejido cotidiano de todo: desde el proceso creativo hasta los negocios a su alrededor y las formas en que construimos relaciones.” Cuando eso funciona, el artista nunca tiene que elegir entre su integridad y su arte porque son lo mismo.

Por qué trabajamos con artivistas en Accountability Lab

Accountability Lab es una red translocal que trabaja para que la gobernanza funcione de verdad para las personas. En la práctica, eso se traduce en rendición de cuentas, combate a la corrupción, participación ciudadana, generación de evidencia para la incidencia, y más. Un universo conceptual que, con frecuencia, no encuentra fácil entrada en las conversaciones cotidianas de quienes más necesitarían apropiárselo, y ahí está parte del problema.

Cuando los conceptos de transparencia, rendición de cuentas o participación democrática se perciben como extraños, la posibilidad de construir apropiación colectiva alrededor de ellos empieza a erosionarse. Por eso, una de las apuestas centrales del Lab es cambiar eso, acercar esas ideas, devolverlas a manos de las personas como avenidas concretas para la acción.

Las artes, y la música en particular, hacen ese trabajo de una manera que pocas otras herramientas pueden igualar. Permiten llegar donde otros formatos no llegan, especialmente con las juventudes, que se relacionan con el mundo a través de formas culturales. Generan terreno común en contextos de desconfianza y polarización, donde la narrativa compartida puede abrir diálogos que la argumentación racional no logra. Los testimonios e historias contadas a través de la música son ya evidencia contada desde otro lugar, y ese lugar les dota de una fuerza particular. Se amplifican, se dignifican, generan empatía y mueven a la acción, y hacen que lo complejo pueda sentirse y apropiarse.

Como lo dijo Beloved Chiweshe, Director de Accountability Lab Zimbabwe, en el encuentro Afrotellers 2025: “La rendición de cuentas comienza en las historias que nos contamos sobre quiénes somos, qué valoramos y qué nos negamos a aceptar.”

Música en Accountability Lab México: de Voice2Rep a Volver al Corazón

El Lab lleva años trabajando con música a través de su red en África. Voice2Rep nació en Nigeria en 2018 como una competencia para artistas emergentes comprometidos con la participación ciudadana y la justicia social. La idea era capacitar a artistas en temas de rendición de cuentas y gobernanza, y darles herramientas para que sus valores y su arte fueran inseparables. El modelo se expandió a Liberia, Zimbabwe, Mali y la República Democrática del Congo, construyendo en cada lugar un ecosistema sostenible de músicos, productores y públicos comprometidos con el uso de la música para el cambio social. 

En México, la ruta fue otra. Ingrid Lowenberg, nuestra colega y artivista, encontró en Leiden Gomis a una cantautora con una práctica y una metodología propias, nacidas de un proceso con mujeres privadas de libertad durante la pandemia, de cuyo trabajo surgió Volver al Corazón. Ese encuentro, y la colaboración inicial que lo siguió, están narrados en detalle en el blog de Ingrid. Lo que me importa subrayar aquí es la dirección que tomó esa semilla un par de años después.

De la colaboración a la co-creación: MúsicaXCambio

Leiden y el equipo de Accountability Lab México nos sentamos a construir algo juntas, tomando como punto de partida su metodología y sumando nuestra experiencia en el fortalecimiento de la agencia cívica de las personas. Sabíamos también que necesitábamos a alguien para co-facilitar el proceso creativo junto con Leiden. Buscábamos un unicornio, alguien con sensibilidad artística, experiencia en trabajo comunitario y capacidad para acompañar procesos de creación colectiva. Lo encontramos en Ireri Almonte, colaboradora y amiga de Leiden, artista multidisciplinaria y facilitadora con una larga trayectoria en ese tipo de procesos. Durante varias semanas entretejimos enfoques, preguntas y aprendizajes. También tocó nombrar lo que estábamos construyendo y darle una identidad visual propia, una tarea que Sebastián Marín asumió con enorme talento y sensibilidad. 

El resultado fue MúsicaXCambio, un programa que teje la Metodología de Canción Testimonial Participativa de Leiden (con sus garantías éticas, artísticas y patrimoniales) con el enfoque del Lab, que incluye el desarrollo de capacidades con perspectiva de derechos y participación, análisis de poder y construcción de narrativas colectivas para el cambio social.

Para el piloto que arrancamos en septiembre de 2025, trabajamos en la Casa del Migrante Arcángel Rafael, un albergue para personas migrantes y solicitantes de asilo en la Ciudad de México. Durante catorce semanas, Leiden e Ireri, junto con el equipo de Accountability Lab México, acompañamos a jóvenes participantes en un proceso de escucha profunda, creación colectiva y reflexión sobre sus propias historias, derechos y visiones de futuro. A la etapa de grabación se sumó Dawlyn Aldana, productor musical cubano y también migrante, quien estuvo a cargo de la producción y los arreglos de las canciones creadas por lxs participantes. Con recursos muy limitados y un estudio improvisado en el guardarropa del albergue, logró traducir esas historias en piezas que conservan la fuerza y la sensibilidad de quienes las escribieron. 

De ese proceso surgieron cinco canciones-testimonio, cuatro de autoría individual y una canción colectiva en la que lxs participantes sumaron sus voces para hablar de su trayecto, sus sueños y sus esperanzas. Las puedes escuchar aquí.

La música viaja. Las personas también

Las comunidades migrantes en México (y el mundo) enfrentan, entre otras cosas, una carga narrativa enorme. Las historias que circulan sobre ellas, construidas desde el miedo, el prejuicio y la desinformación, las deshumanizan antes de que puedan decir algo. Las narrativas estigmatizantes son parciales, injustas y peligrosas; cierran puertas, justifican exclusiones y alimentan la polarización. Y en los últimos años, han dejado de ser sólo estigma social para convertirse en táctica política. Las estamos viendo instrumentalizarse en todo el mundo para alimentar movimientos anti-inmigración, justificar políticas de exclusión y ganar votos a costa de la dignidad de las personas.

La pregunta que nos hicimos desde MúsicaXCambio es qué pasa cuando las mismas personas atravesadaspor la experiencia migratoria toman la palabra y se convierten en autoras de sus propias historias, como co-creadoras de canciones que preservan y dignifican su experiencia y que la proyectan hacia adelante.

La música, como lo señala Raussert, “nos ayuda a trazar viejos y nuevos mapas e historias de personas en tránsito.” Hay algo en esa frase que describe tanto a la música como a las personas que migran. Ambas viajan, y ambas llevan algo consigo y lo transforman al llegar.

Narrativas de esperanza: construir el futuro cuando el presente duele

Vivimos un momento de saturación de crisis. Las narrativas dominantes en los medios, en las redes y en la política tienden hacia la catástrofe, la indignación y el colapso, y no porque no esté ocurriendo. Nombrar lo que está mal es necesario y urgente, pero quedarse sólo en eso tiene un costo muy alto. Lleva a la parálisis, al agotamiento y la sensación de que nada es posible. Las narrativas de esperanza son, en ese contexto, una acción estratégica. Construir visiones de futuros posibles, dignos y habitables es una forma de resistencia, porque sin un horizonte claro, es muy difícil echarse a andar.

La música ha sido siempre una de las vías más eficaces para eso. Las personas esclavizadas que cantaban en los campos algodoneros del sur de Estados Unidos le daban forma sonora a una libertad que todavía no existía, nombrándola para poder desearla y, después, conquistarla. “Imagine” de John Lennon tocó algo más profundo que cualquier argumento racional; abrió un espacio mental donde otros mundos eran, por un momento, posibles.

Leiden Gomis lo sabe de primera mano. En “Caminando o en camión“, una de las canciones que surgió del proceso con mujeres privadas de libertad en el marco de Volver al Corazón, una participante imaginó el día de su liberación desde una celda donde la ventana estaba demasiado alta para asomarse. Sólo percibía el sol y escuchaba el motor de un camión pasar. Desde ahí construyó su canción sobre el sueño de llegar a casa, cueste lo que cueste, caminando o en camión. Una canción que anticipa la libertad antes de vivirla, que la nombra para hacerla real.

En MúsicaXCambio, la canción colectiva que cierra el piloto viene de ese mismo lugar. Se trata de una articulación compartida de lo que se desea, de lo que se ha vivido, de lo que se considera posible. Una canción que dice “esto somos, esto vivimos, esto merecemos” también es, siempre, una declaración de hacia dónde queremos ir.

Coda: por qué seguimos creyendo

Cuando una persona se atreve a hablar, otras encuentran el valor para actuar. La música, en ese sentido, funciona como detonante. No cambia sistemas por sí sola, ni ocupa el lugar de las transformaciones estructurales que siguen pendientes. Pero sí puede ser lo que abra la puerta, lo que haga que alguien decida que su historia merece contarse, que su voz tiene peso, y que el cambio no es sólo para otros.

Seguimos adelante con la convicción de que sin las historias que nos hacen querer cambiar esas estructuras, sin las canciones que nos hacen sentir que vale la pena intentarlo, el camino se hace mucho más largo y mucho más solitario.

MúsicaXCambio fue nuestra apuesta. Una frecuencia que, esperamos, encuentre resonancia.

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¿Quieres saber más de MúsicaXCambio? 

  • Lee el blog de Ingrid Lowenberg sobre cómo nació esta colaboración con Leiden y el camino que la llevó a Accountability Lab.
  • Lee el blog de Leiden Gomis sobre nuestra experiencia desarrollando el piloto de MúsicaXCambio con personas migrantes y solicitantes de asilo en la Ciudad de México.
  • Escucha las canciones co-creadas por participantes del piloto aquí.
  • Lee el blog sobre Voice2Rep y el trabajo global de Accountability Lab con artivistas. 

Referencias

  • Levitin, D. J. (2006). Esto es tu cerebro en la música: la ciencia de una obsesión humana. Dutton Penguin.
  • Malegarie, J. (2019). El arte como herramienta de transformación social: una experiencia de medición de procesos y resultados que atraviesa la gestión. XXXII Congreso de la Asociación Latinoamericana de Sociología. https://www.aacademica.org/000-030/1676
  • Palacios Sánchez, L., y Olaya Galindo, M. D. (2023, 28 de julio). El maravilloso impacto de la música en el cerebro. Nova et Vetera, 9(90). Universidad del Rosario. https://urosario.edu.co/revista-nova-et-vetera/volumen-9-no-90
  • Raussert, W. (2021). ¿Qué está pasando? Cómo la música le da forma a lo social. University of New Orleans Press.
  • Zak, P. J. (2013, 17 de diciembre). How stories change the brain. Greater Good Magazine. https://greatergood.berkeley.edu/article/item/how_stories_change_brain
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